jueves, 3 de agosto de 2017

Otro relato más de INFECZIÓN

Continuamos nuestro repaso con otro más de las historias que forman parte de INFECZIÓN, esta vez es la titulada: El Médico.



I


El Mar de Barents se caracteriza por tener las aguas más frías del Planeta Tierra, situado entre el Polo Norte y las costas de Noruega y Rusia, en mitad del Océano Glacial Ártico, destaca por sus bancos de hielo y constantes tormentas. 

Hay quien dice que el Mar de Barents es tan frío que si se quedara en calma un solo día y los vientos del Ártico y las corrientes oceánicas dejaran de agitarlo, se solidificaría completamente y se podría andar por su superficie. 

No es que el doctor Lucas Masters creyera o dejara de creer en ello, simplemente le daba lo mismo, él se limitaba a cumplir con su trabajo y dejar que pasaran los días con su monotonía habitual hasta que llegara el helicóptero que le llevaría, junto a otros compañeros, al continente para cumplir su periodo de descanso. 

A sus treinta y tres años de edad pensaba que ya era hora de cambiar de lugar de trabajo, le gustaría atender pacientes en el servicio de urgencias de un hospital o pasar consulta a enfermos en un centro médico de lujo en Chicago. 

Pero de momento se tenía que conformar en cumplir el año de contrato que le quedaba con la compañía y seguir atendiendo los esporádicos casos de borrachera, pese a estar prohibida la bebida, de alguna manera los trabajadores conseguían entrar alcohol en las instalaciones, los resfriados, los casos de congelación en los dedos de 105 alguna mano o de un pie y de vez en cuando algún traumatismo por caída de un trabajador. 

La plataforma petrolífera TITAN-2 de la North & Sun Petroleum Company se encontraba a cinco millas de las islas de la Tierra de Francisco José, un archipiélago ruso comprendido por 191 islas cubiertas de hielo con un área de 16.134 km², en su mayoría deshabitadas salvo por algunas bases militares y científicas.

En la plataforma una plantilla reducida a solo doscientas personas de las ochocientas que podía albergar en sus instalaciones, trabajaba en tareas de mantenimiento y limitada por razones económicas a solo un veinte por cien de su capacidad. 

Su personal realiza el duro trabajo, recorre los corredores y descansa o mira la televisión en los bloques de alojamiento, mientras espera con desazón a que la North & Sun Petroleum Company resuelva los problemas económicos y ponga otra vez la plataforma en marcha al ciento por ciento de su capacidad y el oleoducto del fondo del mar vuelva a bombear alegremente su líquido. 

Tras levantarse de su litera, se lavó los dientes y se aseó solamente lo necesario ya que había decidido practicar jogging por los túneles de servicio de la cubierta C

La chapa de las paredes y de la cubierta era una gama de tonos otoñales color teja para hacerlas agradables a la vista de los trabajadores, aunque tras casi seis meses de encierro y aislamiento terminabas odiando aquellas paredes. 

Formaba parte de su rutina diaria el correr durante diez vueltas por el circuito imaginario de un kilómetro de aquel laberinto de metal, vestido solamente con una camiseta de los Chicago Bears y un pantalón corto, sudaba profusamente mientras corría a buen ritmo. 

Las tuberías del oleoducto trepidaban como un corazón palpitante a su paso, cuando llegó hasta la ficticia línea de meta y se detuvo junto al puesto contraincendios número quince, un armario transparente pintado de rojo, que contenía un hacha y cuatro extintores. 

Con los pulmones a punto de reventar por el esfuerzo, se apoyó contra el armario mientras trataba de recobrar el aliento, con los dedos empapados en sudor pulsó el botón de parada de su cronómetro. 

Observó el tiempo y una sonrisa de satisfacción iluminó su rostro, pese a la inactividad física que le suponía estar en aquel sitio y su actual trabajo, no estaba muy lejos de sus mejores tiempos, aquellos en que corría maratón.

Volvió caminando a su habitación, se despojó de su ropa empapada y se metió en la ducha, tras enjabonarse abundantemente dejó caer el chorro caliente de la ducha sobre su piel rosada y blancuzca haciendo que esta enrojeciera. 

Eligió del armario un jersey de cuello alto de un discreto color gris y la comodidad de unos jeans, unos mocasines completaron su atuendo y tras vestirse se dirigió al comedor a desayunar, luego iría a abrir la consulta. 

Su camino le llevó por los pasillos atravesando lo que se conocía por la "calle principal" y que era como el centro comercial de una pequeña ciudad, allí se alineaban una tienda con productos de toda clase, una peluquería que abría tres días a la semana, un negocio de alquiler de películas en DVD y Blu-Ray

Tenía también su zona de ocio con una pequeña sala de cine, un gimnasio, una cafetería donde tomar un refresco o una cerveza sin alcohol, una bolera y una sala de juegos con toda clase de máquinas recreativas y tragaperras donde dejar parte del sueldo. 

TITAN-2, era una activa ciudad cuyas luces llameaban iluminando la fría noche polar y donde cuatro miembros de una empresa de seguridad eran los encargados de mantener el orden. 

En la plataforma no se suministraba alcohol, pero de alguna manera siempre alguien conseguía hacerlo entrar, el que era sorprendido con alcohol o drogas, tal como constaba en el contrato que había firmado, era apartado del trabajo, despedido y enviado al continente lo más pronto posible. 

Allí trabajaban tipos duros, con temperamento, en turnos largos y pesados, al final de su jornada con nada que vencer el aburrimiento, el tedio y la frustración desembocaban a veces en peleas. Estas no solían ir más allá de una visita a la enfermería para curar las heridas, como preludio al encierro de los implicados en un camarote especial hasta que se calmaran, luego llegaba el castigo en forma de multa en la nómina. 

En el comedor cogió una bandeja y se sirvió una taza de café, junto con una tostada con mermelada de frambuesa y un bollo caliente, seguidamente se sentó en la esquina de una de las largas mesas ocupada por solo dos trabajadores. 

Estaba terminando el desayuno cuando se le acerca Stuart McFarland, un fornido escocés de barba pelirroja, que le susurra al oído: 

– Venga Doctor, el Jefe quiere hablar con nosotros, es importante. 

Llegan hasta la cafetería que no abrirá hasta la tarde y cuya puerta se cierra tras ellos al entrar. 

– Bien, ¿ya estamos todos? Podemos empezar. 

Quien así habla es Gordon Williams, al que todos respetan y conocen como el Jefe, aunque figura en el organigrama como director, nadie sabría decir verdaderamente cual es su cargo. Tiene una mirada penetrante detrás de sus ojos azules, a veces casi escondidos tras la visera de su eterna gorra negra con el anagrama de la empresa. Como si se tratase de una reunión de alcohólicos anónimos, diez personas sentadas en sillas forman un semicírculo frente al televisor de la cafetería y miran en silencio las noticias del canal BBC News que les llega vía satélite. 

Las imágenes mostraban vehículos militares blindados, aparcados delante de hospitales a donde se veían llegar ambulancias haciendo sonar sus sirenas, al mismo tiempo filas de personas con aspecto de estar enfermas haciendo cola frente a la entrada de los servicios de urgencias de los hospitales.

Otras muestran a policías con equipo antidisturbios reprimiendo revueltas y saqueos, coches en llamas, supermercados donde se ven a los clientes llevándose carros atestados de comida, mientras pelean entre sí. Aparecen interferencias en el aparato y se ven mal las imágenes por lo que cambia de canal. 

En Sky News se ven soldados con máscaras antigás vigilando puestos de control y barricadas, luego muestran camiones y carros de combate con colores de camuflaje bloqueando las carreteras principales, secuencias tomadas desde un helicóptero mostraban el tráfico colapsado, autopistas congestionadas ocupadas con coches llenos de maletas, con familias enteras ocupandolos, los rostros de algunos de ellos cubiertos de máscaras.

 – Es lo mismo en todas partes, se ha instaurado la ley marcial, explica Williams apagando la televisión, se trata de una especie de brote epidémico de gripe que se extiende a nivel mundial. Es muy grave. 

– ¿De qué gravedad estamos hablando, Jefe?, inquirió el doctor Masters. 

– En algunas zonas se habla de un contagio superior al 50% y por el momento no se ha encontrado una vacuna, aclaró Williams.

 – ¿Cuándo ha sucedido esto? ¿Qué es lo que ha pasado?, preguntó atropelladamente Karl Reuter, el jefe de mantenimiento, que era de origen alemán. 

– Como sabéis debido a las tormentas que hemos sufrido durante la última semana, la recepción de la señal de la televisión ha sido muy mala y no se ha podido ver hasta ahora, explicó Williams. Por lo que sabemos esto empezó hace aproximadamente entre una y dos semanas. Nadie sabe ciertamente su origen, entre las diversas hipótesis se habla de un atentado de carácter biológico por parte de un grupo terrorista islámico. 

Alguien trajo una tazas con café recién hecho y Williams hizo una pausa para coger una de ellas, mientras observa con mirada penetrante los rostros uno por uno en busca de una reacción. 

– He intentando hablar con la compañía para confirmar la llegada del barco de suministro prevista para dentro de quince días, pero debe haber un caos total en las oficinas y no he podido hablar con ellos, prosiguió Williams.

 – Por lo pronto hasta que tengamos más información y vemos como acaba esta situación y antes de informar al resto del personal, vamos a aplicar una serie de medidas, se detuvo por un instante para mirar a Bob Riley, el jefe de seguridad, un gigante de casi dos metros, de bíceps enormes y la cabeza rasurada totalmente. 

– Bob, entrega a tus hombres las armas y los colocas de guardia, uno en el almacén de víveres, otro en la armería y el último en la enfermería, continuó. Hay que evitar que con un motín se hagan con las armas y se apoderen de los suministros. 

El doctor Masters habló entonces:

 – Prepararé la enfermería y los medicamentos de que dispongo contra la gripe, aunque después de lo oído no creo que sirvan para mucho. La mayor parte de las habitaciones de la cubierta B están vacías, podíamos habilitar esa zona para cuarentena de los que caigan enfermos. 

– Me parece buena idea, habló Williams, los demás elijan entre sus hombres a los de mayor confianza, nos harán falta para hacer los relevos a los que estén de guardia y por si las cosas van a peor. 

Minutos después termina la reunión y cada uno vuelve a su trabajo, durante la comida y la cena se comunica al resto de los trabajadores que salen de su turno de trabajo la noticia. 

En la televisión siguen apareciendo imágenes de los canales de noticias que son reproducidas una y otra vez, mientras programas con entrevistas llenan la programación de las diferentes cadenas, donde expertos de todo tipo dan su opinión sobre la plaga letal que está arrasando las ciudades. 

Unos discutían si se trataba de un arma bacteriológica, otros afirmaban que era una mutación de la gripe A, nadie lo sabía con certeza pero lo único cierto era que la pandemia avanzaba sin control. 

A través de los altavoces de la plataforma, sonó el timbre musical que precedía a la difusión de un aviso por megafonía.

 – Doctor Masters, acuda por favor, al despacho del director. 

Lucas avanzó por los pasillos vacíos hasta llegar al despacho de Williams que se encontraba al final del bloque de administración. 

Una gran ventana de plexiglás daba a la cubierta superior de la refinería iluminada a esa hora por la tenue luz del sol del Ártico. 

La enorme ciudad, construida de puentes y vigas de metal, resplandecía majestuosa. Williams estaba sentado en su escritorio y a su lado permanecía de pie Bob Riley, el jefe de seguridad, en la pared un panel mostraba un plano de la plataforma lleno de luces verdes y rojas, frente a él, varios monitores mostraban las imágenes que enviaban las cámaras sumergidas en el fondo del océano que vigilaban el oleoducto. Joao Mendes, el jefe de operaciones, un fornido negro de apenas metro sesenta de estatura y natural de Cabo Verde, estaba junto a la radio manipulando el dial, pero por los altavoces solo salían zumbidos y ruidos de interferencias.

 A una señal de Williams, Lucas cogió una silla y se sentó frente a ellos.

 – ¿Hay noticias del continente?, preguntó dirigiéndose a Mendes. 

– El sonido es apenas perceptible, contestó Mendes, y como viene se va, a ratos oyes algo de música o algún programa con noticias, pero la mayor parte del día solo ruido. 

– Lo peor es que hace un día y medio que no podemos hablar con las oficinas de la compañía, dijo Williams, dentro de cinco días tiene que llegar el barco de suministro y no sabemos nada, estamos aislados del mundo.

 – Esto empieza a darme miedo de verdad, dijo Masters, en los últimos tres días han caído enfermas veinte personas y no se cuantas más pueden hacerlo en los próximos días. 

– De eso quería hablar contigo. Pero no aquí, mejor fuera, dijo Williams tendiendo al doctor un grueso anorak, vamos a dar un paseo. 

Bajaron por los peldaños metálicos que rodeaban en espiral una de las enormes patas flotantes de la plataforma, la noche había sido muy fría y se había acumulado algo de hielo en los soportes de la refinería. 

Masters se arrebujaba dentro de su anorak intentando combatir las ráfagas de viento helado, dispuesto a escuchar a su jefe.

 – En la última comunicación que mantuve con la compañía me confirmaron que el barco estaba de camino y que con los suministros te mandaban equipo médico, pero que dudaban de que fuera eficaz, comentó Williams.

 – ¿Como están realmente las cosas, le dijeron algo?, dijo Masters.

 – Muy mal. Las fronteras de todos los países están cerradas, los puertos, los aeropuertos, para impedir que el contagio se extienda, continuó Williams, es una mutación de la gripe que se propaga con rapidez y de manera global. 

La gente no afectada huye de las grandes ciudades para evitar el contagio, hay toda clase de desordenes, revueltas, tiroteos, manifestaciones, el mundo parece haberse vuelto loco. El ejército y la policía están desbordados, lo mismo que los hospitales y los servicios médicos, proseguía hablando atropelladamente Williams, la gente se refugia en sus casas, no funcionan los colegios, ni los servicios de transporte, los supermercados y las farmacias están desabastecidos y casi nadie va a trabajar. 

– Se dice que hay países con un 50% de la población enferma, que algunas naciones ya tienen preparados miles de ataúdes para cuando empiecen a producirse las muertes entre los enfermos, pero como la mayoría de las estaciones de radio y televisión no funcionan, continuó, nadie parece saber que ocurre realmente, si son rumores producto del pánico. Por si fuera poco han aparecido los profetas, que hablan que ha llegado el juicio final y que hay muertos que han resucitado y atacan a los vivos. 

– Entonces digamos que la situación es... complicada, dijo Masters, dudando por unos instantes, buscando la palabra adecuada. 

– ¿Complicada?, dijo sonriendo con sorna Williams, decir complicada es ser benevolente con la situación que vivimos. Abrazó en un gesto de complicidad a Lucas: – De todos modos doc, lo mantendremos en secreto, los muchachos no tienen porque enterarse, no creo que consigamos nada alarmándoles más de lo que están.

 3 

El doctor Masters, permanecía abstraído mirando las emisiones de televisión, cada vez más esporádicas y que se limitaban a hablar sobre la mortal pandemia de gripe que se había extendido en todo el mundo. 

Junto a él, allí reunidos en la cafetería, los hombres que permanecían en pie, observaban ensimismados con la mirada perdida en su taza de café o el botellín de un conocido refresco de cola. 

El último discurso que había pronunciado Gordon Williams, el Jefe, había tenido un efecto devastador, sobre los allí presentes. 

Gordon Williams, había dejado la litera de su habitación, para acudir al cuarto de comunicaciones. Tras ello convocó una reunión urgente donde acudieron los setenta hombres aún disponibles. 

El Jefe se puso en pie dificultosamente, aquejado también de la gripe que diezmaba la plataforma, se dirigió con voz débil, interrumpiendo a ratos sus palabras por la tos. 

En medio del inquietante silencio que reinaba en la sala, les explicó la última conversación que había mantenido con la compañía. 

El barco de provisiones que les tenía que sacar de allí, no iba a llegar nunca. Tal como sucedía en todo el mundo, la gripe también se había introducido en el barco. Ya había sido confirmado por todas las naciones, que los muertos por la gripe, después de un tiempo, volvían a la vida devorando a las personas. Los que sufrían un mordisco o un arañazo por parte de estos seres se infectaban y morían irremediablemente, para volver convertidos en muertos vivientes. Ejércitos de todas las naciones se enfrentaban a los zombies, como se les denominaban a esos seres, pero parecía que era una batalla perdida y el número de infectados iba creciendo exponencialmente. 

A estas explicaciones siguió una rueda de preguntas y opiniones, aquellos hombres duros se acordaban de sus familias y sus amigos, en estos momentos en que el mundo se derrumbaba. 

Entre la enfermería y la zona habilitada para la cuarentena situada en el gimnasio, había más de un centenar de hombres, algunos de ellos agonizantes. Si se confirmaba lo dicho por Williams deberían acabar con ellos antes de que los infectaran. 

EL PASEO FINAL 
Lucas Masters con la ropa manchada de sangre emprendía el camino de regreso a su habitación, agotado física y mentalmente. 
Se acabó, había roto su juramento hipocrático y había acabado con todos los muertos vivientes, fue imposible de controlar y uno tras otro sus compañeros fueron cayendo enfermos. 
Tal como pudieron saber un disparo a la cabeza o clavando un objeto puntiagudo en el cráneo, impedía la transformación de los muertos en aquellos seres, impidiendo su vuelta a la vida. 
Conforme los que estaban sanos fueron cayendo enfermos, no pudo evitar que se produjera la transformación en algunos de sus compañeros que llegaron a atacar a los supervivientes. 
Ahora los restos de los que habían sido sus compañeros durante los últimos meses yacían diseminados por los pasillos sin fin de la refinería. 
Era el único hombre vivo en la plataforma petrolífera. 
Pero no por mucho tiempo, el virus había penetrado en su cuerpo unos días antes, en poco tiempo moriría y se convertiría en uno de aquellos zombies. 
No sabía muy bien que hacer, pero no estaba dispuesto a convertirse en un muerto viviente que vagara por la plataforma para toda la eternidad. 
Empezó a toser convulsivamente. Sufría un espantoso dolor de cabeza y le ardía la frente. Cada vez más débil, deseaba llegar a su habitación para tenderse en el catre y dormir un poco. 
Lucas anduvo mecánicamente por el camino de siempre, pero se dio cuenta de que no había razón para volver a su habitación y se detuvo junto a una puerta exterior. 
¿Para qué esperar?... 
Hizo girar, no sin esfuerzo, la oxidada rueda de la escotilla y entró en una esclusa de aire acolchada. 
El letrero de la puerta le avisaba: 
STOP WARNING  
EXTREME COLD 
THERMAL CLOTHING REQUIRED 
(ALTO- ADVERTENCIA- FRÍO EXTREMO - INDUMENTARIA TÉRMICA OBLIGATORIA) 
Tiró de la puerta exterior abriéndola, el súbito contacto con la gélida temperatura le cortó el aliento. 
Una vez fuera se quitó el grueso chaquetón y la máscara de protección que llevaba puesta y que ya había dejado de tener sentido, ya que el virus corría por sus venas. Hacía un frío brutal, debía estar cerca de los veinte bajo cero, sin ropa de abrigo encima sentía como la piel le quemaba. 
Lucas salió a una pasarela y caminó por ella, sus botas resonaban contra el metal. Aquel archipiélago de acero, una de las mayores estructuras flotantes del mundo, un vasto paisaje de maquinaria con enormes tanques de almacenamiento, con sus torres, vigas transversales y el sistema de tuberías ahora cuajados de hielo, brillaba reluciendo bajo la última luz del día. 
Lucas Masters se inclinó sobre una barandilla y por un instante tocó el metal helado, el ligero contacto hizo que retirara rápidamente la mano, el dolor era semejante a como si se hubiera quemado al ponerla en un horno. 
El intenso frío hacía que le doliera el pecho al respirar, en poco tiempo estaría congelado. 
Miró hacia abajo, donde oculto por la bruma se encontraba el mar y aunque no podía verlas, oía como las olas rompían contra los soportes flotantes de la refinería. 
Pensó en que si se subía a la barandilla y se dejaba caer, todo acabaría en un instante. Una caída de cien metros entre la niebla y todo terminaría. 
 ¿O no? Y si su cuerpo se destrozaba pero seguía vivo por los siglos. ¿Miedo al dolor? No. Miedo a vivir, miedo a no morir. 
La vista se le nublaba. Quería saltar pero no podía, tenía los músculos bloqueados.
A punto de congelarse, notando que la sangre no le llegaba al cerebro y haciendo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban, en un esfuerzo supremo se subió a la barandilla y llevó la pistola a su boca. 
El disparo resonó en el silencio, el cuerpo cayó. Por un instante pareció como si el mar que le esperaba, abriera sus olas para recibirle. 











Torreznos de Soria



Los torreznos de Soria no son más que tiras de panceta adobada y frita, crujiente por fuera y jugosa por dentro.Lo que hace diferentes e inigualables a los torreznos de Soria, frente a los de cualquier otro punto de nuestra geografía, es, categóricamente, el proceso de elaboración, la forma de freírlos, que consigue que la panceta quede jugosa y la  corteza crujiente y dorada. 


Receta para hacer torreznos de Soria en unos sencillos pasos:

La piel de la panceta curada debe estar bien seca, cuanto más seca mejor subirá la corteza al freír y más crujiente quedará. Por tanto, sacamos la panceta curada del envase de plástico o de la nevera 24 horas antes; la colgamos o ponemos en un sitio fresco y seco para que se oree bien.


Se echa aceite en una sartén hasta cubrir el fondo (unos 2 mm).Ponemos el fuego en posición “fuego lento” (vitro 0-6 en posición 2, gas en posición mínimo).Se corta la panceta en lonchas de 1,5 a 2 cm de ancho aproximadamente y se colocan “de pié” en la sartén, esto es, con la corteza hacia abajo y con el aceite frío.Se dejan freír alrededor de 20 minutos, vigilando que los torreznos no se caigan y observando cómo van apareciendo las “burbujas” características en toda la piel retiraremos la sartén del fuego y dejaremos que se enfríe.


Transcurridos los 20 minutos citados (o cuando veamos que la piel de los torreznos ya se ha convertido en la corteza cubierta de “burbujas”), ponemos un fuego vivo (5 en vitro) y tumbamos los torreznos para freírlos bien, unos 10 minutos por cada lado o a su gusto.



lunes, 17 de julio de 2017

La Torrá

"La torrà" es un invento genuinamente valenciano, aunque muchos lo 
confunden con la barbacoa que es un invento norteamericano.
Diferencias abismales existen entre una "torrà"   y una barbacoa. 
A bote pronto pueden parecer que utilizan técnicas de cocción similares, pero no, ni de lejos.
Son tan diferentes como la noche y el día.



La "torrà" favorita de los valencianos se elabora básicamente con carne de cordero, costillar o pierna finamente cortada.


Chuletitas de paleta de lechal

Lomo, Chuletas,lo que apetezca y por supuesto que no deberían faltar para acompañar unas patatas, todo tipo de buen embutido: morcillas, chorizos,longanizas y muy importante también la siempre gustosa panceta, el morro o la careta.







Ah! y muy importante no estaría de más acompañar la "torrá" de un buen pan de hogaza y un mortero de Allioli hecho a mano. ¡Que aproveche!





domingo, 16 de julio de 2017

Más de INFECZIÓN

Seguimos el repaso de las historias que conforman INFECZIÓN, en este caso el relato lleva por titulo "El Búnker"





1

Estoy metido en un traje NBQ hecho con fibras sintéticas tratadas con retardantes del fuego y con una capa interna de algodón impregnada en carbón activo. 

Transpiro abundantemente, el respirar a través de la mascarilla me es dificultoso y me produce dolor en el pecho. 

Uno de los grandes inconvenientes del traje NBQ es la transpiración y la imposibilidad de beber, comer, fumar, orinar, etc. 

Con el traje NBQ puesto se aconseja no tocar nada con las manos, no rozar arbustos o paredes, y desde luego, no quitárselo hasta llegar a una zona segura. Por este motivo no puede ser utilizado más de 3 o 4 horas sino quieres caer desmayado por una lipotimia o una transpiración excesiva.

Se lo que me está sucediendo, son nervios y en cuanto me tranquilice un poco estaré bien, he sido entrenado para esto por sí un día llegáramos a encontrarnos en esta situación. 

Sabíamos de la expansión de la epidemia de gripe en los últimos días, desde ese momento en la boca del estómago tenía la sensación de que estaba ocurriendo algo que iba a cambiar nuestras vidas. 

Cuando sonó la alarma, apenas tuvimos tiempo de vestirnos con el traje NBQ y recoger el armamento para reunirnos junto a los transportes, nuestros utensilios y recuerdos personales (máquina de afeitar, cartas, fotos) quedaron en las taquillas.

La oscuridad que precedía al amanecer empezaba a desvanecerse cuando abandonamos la Base de Edmonton en Alberta, sede de la Brigada GBMC 1, de la que formábamos parte como miembros del Primer Batallón Princesa Patricia de la Infantería Ligera Canadiense.

La mañana era fría, estaba el cielo gris y plomizo como si amenazase lluvia, la luz seguía siendo mortecina y sin brillo, cuando abandonamos la autopista para internarnos en carreteras secundarias y luego por caminos de tierra, atravesando frondosos bosques para llegar por fin al búnker. 

Una compuerta metálica se abrió frente a nosotros, pocos metros después el suelo bajo nuestros pies se inclinó de forma pronunciada, a continuación los camiones bajaron la rampa adentrándose en las profundidades y avanzaron rápidamente por un túnel iluminado hasta detenerse. 

Cuando finalmente lo hizo el último de los transportes, un oficial mandó cerrar las puertas y una compuerta metálica de varios centímetros de grosor se cerró a nuestras espaldas. 

Cuando escuché al oficial dar la orden de cerrar las puertas y sellar el búnker me di cuenta de la magnitud de todo aquello, no era como otras veces, un ensayo o unas maniobras, fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo en el exterior debía ser un desastre de proporciones inimaginables. 

El último resquicio de la luz del día desapareció cuando sellaron las puertas, a continuación de las paredes laterales, por encima y debajo de nosotros empezaron a salir chorros de gas envolviendo los transportes, comenzaba el proceso de descontaminación. 

Tras un chasquido metálico, una voz neutra y femenina que parecía corresponder a una grabación, se oyó a través de los altavoces:

 – ¡Bajen de los camiones! En una pared se abre una puerta corredera y aparecen varios soldados vestidos y armados como nosotros, invitándonos a seguirles hasta unos enormes vestuarios con taquillas. 

La misma voz neutra y sin calor vuelve a escucharse:

– ¡Sitúense delante de una taquilla, desnúdense totalmente y depositen su traje NBQ en la bolsa verde, el resto de la ropa en la bolsa amarilla, entreguen el armamento y munición y cuélguense del cuello la llave de la taquilla! 

La voz prosigue:

 – ¡Colóquense bajo las duchas hasta que se les diga! 

Los doscientos hombres y mujeres de la unidad nos alineábamos desnudos bajo las duchas, además del agua que caía sobre nuestras cabezas varios chorros surgían de las paredes impactando en nuestros cuerpos desde distintos ángulos. 

– ¡Salgan y vístanse! se volvió a oír un minuto más tarde. 

Conforme salimos de las duchas otros soldados vestidos con uniforme de camuflaje, además de una toalla para secarnos, nos entregan una bolsa con varias mudas de ropa interior, camisas y pantalones de uniforme de camuflaje y un traje NBQ completo. 

También nos entregaron un kit completo, dentro de una bolsa de aseo personal, con maquinillas de afeitar desechables, brocha, espuma de afeitar, jabón, cepillo y pasta de dientes.

 2 

En un campo inhóspito y anodino a kilómetros de ninguna parte se encontraba la entrada oculta del búnker militar, bajo tierra. 

En sus profundidades dentro de un vasto complejo de hormigón protegidos del mundo exterior y de la muerte por inmensos muros y capas de aislantes diferentes, con líneas de comunicaciones y complejos sistemas de purificación del aire y ventilación, nos encontrábamos unos cuatrocientos militares, además de funcionarios, médicos y científicos metidos en sus laboratorios buscando una milagrosa vacuna contra el virus que había diezmado a la humanidad. También corrían rumores que el Gobierno de nuestro país estaba aquí dentro con el Primer Ministro a la cabeza. 

El enorme complejo, por lo que hemos podido ver, aparte de los dormitorios está dotado con un gran comedor, cocina y una gran sala de esparcimiento con gimnasio. 

Dicen que hay también una sala de comunicaciones con enlaces a todas las capitales del mundo. Cuatro días después de haberse cerrado y sellado el búnker cesaron las comunicaciones, nadie sabía si habían fallado por alguna causa o simplemente porque no había nadie en el exterior que pudiera atenderlas. 

Por lo que sabíamos, las últimas comunicaciones hablaban de que la enfermedad se extendía por el mundo sin que nada pudiera detenerla, cientos de miles de "no muertos" vagaban transmitiendo la enfermedad a los vivos. 

El mundo conocido se derrumbaba. Poco nos importaba realmente conocer los detalles de lo que había ocurrido, lo verdaderamente importante era saber si existían personas vivas o el mundo estaba ya en poder de los muertos, si el virus seguía siendo tan activo y letal. Finalmente llegó la orden del comandante de la base, iba a enviarse el primer contingente de tropas a las superficie. 

Los soldados llevaban hasta ese momento una semana bajo tierra ocupados en rutinarias tareas de mantenimiento, acondicionamiento de la base y entrenamiento, sabían que ese momento iba a llegar y deseaban abandonar el búnker, pero pese a ello sentían verdadero terror. El capitán Wilkins nos reunió a los que íbamos a salir al exterior para hablarnos de lo que podíamos encontrarnos al llegar a la superficie, todos sabíamos que el virus afectaba a la mayor parte de la población y que la mayoría de los infectados moría, volviendo a la vida poco después para atacar a los supervivientes, que cualquier herida producida por ellos era mortal y te convertía en uno de ellos. 

El capitán incidió en el hecho de que ante la ausencia de toda comunicación y por lo tanto de información, había que asumir que el virus continuaba en el aire actuando como un depredador mortal dispuesto al ataque.

Nos comunicó que el traje de protección NBQ se debería llevar en todo momento y que horas de descontaminación seguirían a la vuelta de la misión de reconocimiento, finalmente nos ordenó ponernos el traje de protección y recoger el armamento para una partida inmediata. 

La tarde era fría y húmeda cuando la tranquilidad del lugar fue perturbada al abrirse las puertas del búnker, por donde salió a toda velocidad el vehículo blindado de reconocimiento "Coyote" rugiendo por la rampa de acceso. 

Este vehículo blindado con una dotación para ocho personas, cuenta con un equipo de vigilancia y detección electrónica muy sofisticado, que incluye radar, vídeo y aparato de detección infrarrojos. Desempeña tareas de reconocimiento y apoyo a tropas de infantería. Armado con un cañón automático Bushmaaster M-242 de 25 mm. automático y dos ametralladoras de 7,62 mm., tiene también instalado en una torre de combate clásica una ametralladora coaxial exterior manejada por el artillero. Su radar de vigilancia detecta objetivos entre los 12 a 24 km. de distancia e incluso, con imágenes térmicas puede detectar a personal hasta a 20 km. de distancia. 

La rampa volvió a su sitio y el lugar volvió a quedar en silencio, roto solamente por el sonido del motor del vehículo, que se alejaba en busca de la ciudad a poco más de cien kilómetros de allí. 

Hasta que nos incorporamos a una carretera principal no encontramos nada importante, luego comenzaron a aparecer coches accidentados y abandonados, restos de huesos humanos, de cadáveres en avanzado estado de putrefacción, algunos muertos sentados al volante y aún atados a los cinturones de seguridad. 

Los márgenes de la carretera nos mostraban cuerpos abatidos por disparos, algunos de ellos parcialmente devorados, como si hubieran abandonado los coches huyendo de una muerte cierta. 

Algunas veces durante el viaje aparecieron por los lados de la carretera, cuerpos con un andar vacilante y que se arrastraban penosamente, no dejaban duda alguna que eran muertos vivientes, pero no disparamos sobre ellos obedeciendo las ordenes recibidas de llamar lo menos posible la atención y continuamos el camino hacia la ciudad, nuestro objetivo.

 3 

Dentro del traje de protección hace un calor incomodo, observo a Kowalski sentado a mi derecha y aunque no le puedo ver bien a través de los visores tintados de mi máscara, huelo su miedo. 

Le conozco el tiempo suficiente para saber que está aterrorizado, nos habían preparado para el día después de un episodio de guerra nuclear o bacteriológica, pero ningún entrenamiento servía lo suficiente para ocuparnos de algo de una escala tan enorme. 

Tenía la boca seca y necesitaba beber, pero no podía ponerme en peligro, actividades tan sencillas y diarias como el comer, beber y orinar para las que era necesario quitarse una parte del traje NBQ durante unos segundos eran suficientes para que el virus invisible acabara con nuestras vidas, como la de centenares de cuerpos que íbamos encontrando a nuestro paso conforme nos acercábamos a la ciudad. Finalmente llegamos al extrarradio de la ciudad, parecía el nudo industrial de la población, naves industriales, una pequeña estación de mercancías y un tren con sus vagones detenido en medio de la vía. 

El paso a nivel estaba abierto pero los coches permanecían detenidos sin cruzar la vía, como si esperasen una señal para ponerse en marcha. Empezaba a llover con fuerza repiqueteando sobre el techo metálico del transporte, por las ventanillas veíamos a una multitud de personas, que crecía con rapidez, arrastrándose lastimosamente en pos del vehículo sin la mínima posibilidad de alcanzarlo, pero no eran personas eran muertos vivientes.En pocos minutos alcanzamos el centro de la ciudad, el Teniente Scott, oficial al mando de la misión de reconocimiento, bramó tal como acostumbraba a hacerlo en el cuartel:

 – ¡Todos fuera ahora, formad un perímetro de seguridad alrededor del transporte! ¡Vamos, rápido! 

Rápidamente bajamos desplegándonos formando un círculo, mientras el conductor permanecía en el vehículo con el motor en marcha y con las manos pegadas al volante preparado para salir rápidamente de allí, uno de los soldados ocupaba su sitio en la torreta junto a la ametralladora dispuesto a disparar a la mínima señal de peligro.

La lluvia que caía de forma torrencial empapaba el suelo lleno de cuerpos en descomposición y la niebla poco a poco iba apoderándose del infernal escenario. 

La lúgubre escena llena de matices grises y negros hubiera sido el cuadro ideal para un enloquecido pintor que hubiera sabido trasladar al lienzo todo aquel horror. 

Los cercanos edificios, las farolas ausentes de luz y las calles vacías de vida daban a aquel paisaje un aspecto fantasmagórico y de desolación. El ruido del motor y las luces del vehículo de reconocimiento debían haber alertado de nuestra presencia a algunas personas vivas que salían de las casas, incorporándose como nuevos actores a aquel escenario de pesadilla. 

Surgían más y más de todos los rincones acercándose a nosotros entre la penumbra, esperando nuestra ayuda. 

Unos metros a mi izquierda, Richards preguntó: 

– ¿Que hacemos, señor?

 – Silencio soldado, mantengan la posición, fue la respuesta del teniente. Pese al traje NBQ, sentía la mirada de la soldado Karen Wilson que estaba justo a mi lado. 

Sabía que tenía miedo igual que yo, quisiera abrazarla y decirle lo que sentía por ella.– ¡Mierda, Mierda. Están todos muertos! Empiezo yo mismo a decir, en voz lo suficientemente alta para que todos me escuchen. 

Efectivamente ahora que están más cerca y pese a las malas condiciones climáticas podemos ver sus rostros demacrados y de una tonalidad grisácea, algunos con la cara medio destrozada y llena de sangre, otros vestidos con harapos sangrientos. 

Esperamos la orden del teniente pero creo que el pánico ha hecho presa de él.

 – ¡Teniente, Teniente!, le llamo esperando una reacción por su parte, pero continua paralizado con la cabeza inmóvil y hacía el frente, con sus ojos fijos en un punto lejano.

 – ¡Dios Santo!, ¿Qué hacemos mi sargento?, dice Kowalski volviéndose hacía mi. 

No espero más y doy la orden, mientras aprieto con fuerza el fusil automático contra mi pecho:

 – ¡Fuego, fuego, disparad! 

El sepulcral silencio del lugar es roto por los disparos de nuestros fusiles automáticos y de la ametralladora de la torreta. 

Tiñendo de carne y sangre el apocalíptico escenario, los seres de caras destrozadas, de rasgos desfigurados por la enfermedad y la descomposición, empiezan a caer abatidos.

 – ¡Alto el fuego, alto el fuego! 

La primera andanada de plomo parece haber hecho su trabajo, pero vemos que decenas de aquellos cuerpos se incorporan pesadamente y se vuelven a poner en pie. 

Pese a las terribles heridas ocasionadas en sus destrozados cuerpos, los disparos parecen no haber hecho mella en ellos viniendo hacia nosotros con una mirada fría y sin emoción. 

– ¡A la cabeza, disparad a la cabeza!, grito con todas mis fuerzas. 

La posterior y continuada ráfaga de disparos consigue su propósito, trozos de cabezas saltan en el aire, los cuerpos caen ahora definitivamente y su podrida y negra sangre va salpicando la tierra encharcada. 

Desafortunadamente, al recargar su arma el soldado Jones dio la espalda a los zombies durante unos instantes y el terrible mordisco de uno de aquellos seres espectrales le destrozo el traje, llegando hasta la yugular, muriendo desangrado en el fragor de la batalla. 

Otro de los soldados logró disparar sobre aquella inhumana criatura que por el aspecto de sus ropas debió ser en vida un oficinista y yo mismo apliqué un disparo a la cabeza de mi desdichado compañero, para evitar que se transformara en uno de ellos. 

También el teniente Scott, sin que pudiéramos evitarlo, dejo caer su arma en el suelo y salió corriendo hacia un grupo de muertos vivientes con los brazos extendidos como si quisiera darles la bienvenida. Cayeron sobre el tres o cuatro y luego otros más y oíamos sus gritos mientras le devoraban. 

No esperé más, les ordené subir al transporte, al conductor le indiqué que arrancara a toda velocidad. 

Nubes de humo negro surgieron del tubo de escape del vehículo y nos alejamos mientras iban llegando más y más de aquellos monstruos. 

Tras deshacer el camino de ida volvemos a la protección del búnker, dejando atrás carreteras y caminos que van llenándose a nuestro paso de aquellos seres. 

Sin haber encontrado personas vivas, ya cerca del búnker comunicamos por la emisora avisando de nuestra llegada. 

Detrás de una altura pequeña y prácticamente invisible, oculta por completo a la vista desde todas las direcciones, había una rampa que bajaba hasta la enorme puerta gris, oscurecida por su posición en relación con el suelo. 

Las pesadas puertas de entrada al búnker se empezaron a abrir lateralmente, los dos lados iniciaron su separación con gran lentitud
y en cuanto se hizo un hueco lo suficientemente grande salió un grupo de soldados con el traje de protección para cubrir la entrada de un posible ataque de los muertos vivientes. 

El camión penetró en el búnker, aquella inmensa caverna gris iluminada con luz artificial tan brillante como la luz del día. 

Diseñada para enfrentarse a los efectos de un ataque químico, nuclear o biológico, la base estaba muy bien equipada y contaba con una tecnología avanzada. El aire que se bombeaba por todo el complejo era puro y estaba libre de la infección que habitaba en la superficie. Un proceso de descontaminación siguió a nuestra vuelta para eliminar cualquier rastro del virus de nuestros equipos y trajes de protección NBQ. 

A nuestra llegada tuve que realizar un preciso informe de todo lo sucedido, pese a que el vehículo llevaba unas cámaras de vídeo que habían grabado las imágenes de todo lo acontecido, tuve que enfrentarme a un exhaustivo interrogatorio por parte de un oficial de Inteligencia y narrar lo sucedido, en especial la muerte de aquellos dos hombres. 

A esta primera salida al exterior siguieron otras muchas a lo largo de las semanas siguientes. 

Se consiguió encontrar una veintena de supervivientes que habían podido permanecer inmunes a la enfermedad sobreviviendo escondidos a aquel horror y que tuvieron que pasar una cuarentena a su llegada. 

La gran ciudad, los pueblos, las vías de acceso, todo continuaba igual bajo el aire contaminado, miles de aquellos seres con la infección latente en cada rincón de su cuerpo siguen vagando errantes ajenos a todo. 

La pérdida de vidas en alguna de las incursiones en enfrentamientos con los muertos vivientes y el temor de que de alguna manera una exposición al contagio mortal pudiera contaminar el búnker y matar a todo el personal de la base, hicieron que el número de salidas fuera menor y se espaciaran más en el tiempo. 

Mientras, en el complejo continúa la vida rutinaria, esperando que en el exterior los cuerpos podridos mueran definitivamente, que el virus desaparezca del aire o que los científicos hallen una vacuna. 

En aquella pequeña ciudad pasamos las horas de ocio en la enorme sala de recreo, jugando a los naipes o en las mesas de billar, tomando un refresco en la cantina o viendo con nostalgia una película en el cine.

Los militares controlamos y tenemos acceso a casi todo el búnker, desde la entrada a las cámaras de descontaminación con sus vestuarios al hangar principal donde están aparcados los vehículos, a las salas de almacenamiento, mantenimiento, sala de reunión, gimnasio, dormitorios, cocina y sala de recreo. 

Solo unos pocos elegidos tienen acceso a algunas de las estancias más protegidas, como pueden ser los laboratorios, donde se rumorea que se encuentran algunos cuerpos de "resucitados", traídos por algunas expediciones y que son diseccionados y analizados meticulosamente en busca de respuestas a este infierno. 

Tampoco se puede acceder a la sala de comunicaciones, donde ignoramos si se ha podido establecer contacto con otros supervivientes en alguna parte del mundo. 

Hay también personal civil, unos por su aspecto y sus batas blancas son indudablemente científicos, que deben estar trabajando en la búsqueda de una vacuna contra el virus, otros parecen miembros del servicio secreto, lo cual alimenta la leyenda de que los miembros del gobierno puedan estar en el búnker. 

Durante todo el día se raciona la comida y el agua potable y durante la noche, seguimos el horario como si nos encontrásemos en la superficie, las luces son desconectadas y solo permanecen encendidas las de emergencia con el fin de ahorrar luz, es lógico, ya que no sabemos cuando podremos salir de aquí. 

El aire que se bombea por todo el complejo es puro y está libre de la infección mortal que habita en la superficie, espero que los potentes generadores eléctricos soporten el trabajo a que son sometidos, que el sistema de ventilación y el que mantiene una temperatura constante en el complejo no sufran una avería. 

Tras el infierno en que se ha convertido la superficie, los supervivientes aceptamos de buena gana las limitaciones de la instalación subterránea. Entre tareas de mantenimiento, entrenamiento, guardias en el almacén o en el hangar, las salidas a la superficie y sobre todo en las horas libres, he establecido una relación amorosa con la soldado Karen Wilson. Espero que termine esta pesadilla y que exista un futuro mejor para nosotros y para el resto de la humanidad. Que Dios se apiade de nosotros. 

(Extracto del Diario del Sargento Bruce Barry, Primer Batallón Princesa Patricia de la Infantería Ligera Canadiense, superviviente de la Epidemia en el Búnker Nº 1, situado en algún lugar secreto de Canadá)


El Pulpo del Bar Chinto

Coinciden las distintas publicaciones especializadas, incluida la Guía Repsol y los cientos de visitantes que a lo largo del año se desplazan hacia el lugar, en el Bar Chinto  en Porto do Son (La Coruña) se prepara uno de los mejores pulpos, si no el mejor, de toda Galicia. 
Aunque en verano hay que hacer cola, vale la pena acercarse a este pequeño puerto de la ría de Noia y deleitarse con la sencilla receta. Todo el que lo prueba coincide en que es extraordinariamente tierno pero con la resistencia precisa a la mordida.



Sobre las 10,30 de la mañana comienza el ritual de cada mañana y el inconfundible aroma marinero del pulpo burbujeando a fuego lento, va inundando el comedor del Chinto.
En la cocina se limpia con un cepillo los pulpos de entre dos y tres kilos y medio. "Hay que quitar una telita que no todo el mundo retira". 
Se hace con cepillo porque es más eficaz y queda mejor”, dicen.

“No tiene secreto. Se congela hasta que está duro del todo y una vez descongelado y bien lavado, se mete tres o cuatro veces en una olla de agua hirviendo para asustarlo. En cuanto vuelva a hervir , se baja el fuego al mínimo y se deja 45 minutos para un peso de tres kilos. Se pincha para comprobar que ya está y listo”. Es entonces cuando se corta cada tentáculo y se coloca en el plato torneado de madera de pino.  
Tierno pero con el punto adecuado de resistencia, con la chispa que le da una sensata mezcla de pimentón dulce y picante y el chorro de aceite suficiente para poder mojar pan. . "Primero se echa sal gorda y luego pimentón, yo hago una mezcla de cuatro cucharadas de dulce y dos de picante que da para espolvorear sobre varias raciones. Y finalmente, se riega con aceite de oliva extra, concluye la cocinera. 

Algunas tapas para acompañar además del Pulpo, junto a la cerveza y un Ribeiro o Albariño bien fresco; unos Calamares muy frescos, la Oreja de Cerdo con Pimentón, los Mejillones al Vapor, las Navajas, los Pimientos de Padrón.
Todo bien elaborado y a precios honestos.




AVENIDA GALICIA S/N .   PORTO DO SON ( A CORUÑA).   TELÉFONO:  
981 76 75 68

sábado, 24 de junio de 2017

Comida en el Rincón del Marinero

Queridos seguidores del blog,  aunque en DARK seguimos trabajando para haceros llegar
nuestras historias de Terror y Ciencia Ficción, no solo de trabajo vive el hombre y hoy 24 de Junio, festividad de San Juan, es un día estupendo para juntarse en el Grao de Castellón, en plenas fiestas patronales de San Pedro, con "La Cuadrilla" para ir a comer.
Con la comparecencia siempre deseada del "Patriarca" y en ese agradable entorno que
siempre caracteriza nuestras reuniones y tras unas cervezas para abrir fuego en el Bar Valverde, "La Cuadrilla" encamina sus pasos y hacer tiempo para la comida al "Bar Santi", donde degustamos unas raciones de Pescaito Frito acompañando unas cervezas y vino blanco.

"La Cuadrilla"
Pescaito Frito en el Bar Santi




Poco antes de las 14 horas  y ya en el conocido Rincón del Marinero, en el Camino Viejo del Mar, en la mesa reservada con antelación, pedimos para acompañar la cerveza fría y el vino blanco de Marina Alta y  para abrir boca un Pulpo a la Gallega y Pescaito Frito Variado, para compartir.


 
 
 Luego proseguimos dado buena cuenta del Arroz "A Banda", completo con su banda.
 Todo estupendo, pero no puedo dejar de destacar la impresión que causo en todos los
 comensales las excelentes patatas con Allioli que acompañaban la "banda".


"La Banda"


El Arroz


 Luego los postres, cafés y chupitos dieron por terminada una excelente comida, a buen
precio y en un agradable ambiente de camaradería y amistad.
¡Hasta la próxima "cuadrilla"!