sábado, 8 de diciembre de 2018

Elogio del almuerzo

 


Digamos las cosas por su nombre, en esta bendita comunidad nuestra, 'l'esmorzar' no se perdona y para muchos, entre los que por supuesto me encuentro, es la comida más esperada del día.
Sobre todo si puede hacerse un domingo o un festivo, sin los agobios del trabajo, reunido alrededor de una mesa bien surtida acompañado de amigos o compañeros de trabajo, un entorno mágico donde, sintiéndolo mucho, pocas veces tienen cabida las esposas o novias.
Hablamos de toda una ceremonia sagrada, que se celebra en un periodo temporal que podría delimitarse entre las 09.00h y las 11.00h de la mañana, tan arraigada en la filosofía de la Comunidad Valenciana que casi forma parte de su ADN.
Así como en todo culto que se precie contamos con auténticos templos donde acercarse para llenar nuestros devotos estómagos.

Brasa en el Bar Pio XII
Este maravilloso ritual del matinal gastronómico, no hay más que ver los felices rostros de los comensales, se hace con bocadillos, cuanto más grandes y más repletos mejor, cacaos, olivas y cerveza o vino con gaseosa y es obligatorio terminarlo con un carajillo hecho como Dios manda.
Dependiendo del lugar elegido para el almuerzo tampoco puede faltar un buen mortero de allioli casero acompañando ese plato de torrá (chuleta, morro, secreto, chorizo, morcilla o longaniza) surgido de las brasas, de lugares como el Bar Núñez, en Castellón, en el Bar Pio XII de Almazora, en Casa Julián, en La Barona, donde te sirven ese apetitoso pan de hogaza con tomate para que lo untes de allioli.

Torrá en el Bar Núñez
Tampoco es para mí nada despreciable, sino más bien todo lo contrario, el bocadillo de sepia del
Bar Las Planas en el Grao, el mejor bocadillo de sepia de Castellón, acompañando de unos mejillones en salsa verde para compartir.
O la sepia con pimientos y huevo frito de El Perrico, o los platos con callos, manitas de cerdo, hígado encebollado o pulpitos en salsa, y así todas las propuestas que nos presentan en tantos y tantos lugares a lo largo de la geografía de las provincias de Castellón y Valencia.

Hogaza de pan a la brasa con tomate de Casa Julián

Sepia con huevos frito y pimientos de El Perrico
Todo esto viene a cuento de los premios Cacau d'Or, patrocinados por la cerveza Amstel en colaboración con la comunidad digital @Laculturadelalmuerzo, y que se encargan desde hace cuatro años de nombrar los mejores locales para disfrutar de un buen almuerzo en la Comunitat.
Este año 2018, los seleccionados han sido "El Bombo" de Xeraco, "El Chaparral" de Serra y  
"El Pastoret" de Náquera,.
De estos templos gastronómicos, intentaremos hablar y conocer de ellos más adelante.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Comida en La Ferrada



Aprovechando el festivo, 6 de Diciembre, Día de la Constitución, y tras dar una vuelta para mirar
y efectuar algunas compras en las paradas de la Feria Medieval, aprovechamos para comer en
el Restaurante La Ferrada, en la calle Caballeros.




 
Entre las muchas y diferentes propuestas de su menú del día, finalmente nos decidimos como
primeros, por los siguientes platos:
 
Aguacate relleno de marisco

Hojaldre relleno de Paté, Beicon, Queso y Manzana

Voulavant relleno de revuelto de Pimientos del Piquillo y Morcilla
 
Los segundos, a continuación, fueron:
 
Codillo en Salsa Chilindrón
Arroz con Bogavante
 
Solomillo relleno de Beicon y Ciruelas con Salsa Española
 
Terminando la comida con los postres y los cafés:
 
Tarta de Queso con Arándanos

Flan de Turrón

Tarta de Chocolate
 
¡ Hasta la próxima!

Mercado Medieval Castelló

 
Un año más, el centro de Castellón volverá a la Edad Media gracias al Mercado Medieval de Castellón. La calle Mayor, San Luis, Caballeros y la plaza de las Aulas contarán con una gran cantidad de paradas de artesanos, gastronomía y ambientación medieval.




 
El Mercado Medieval de Castellón estará dividido en varias zonas. Así, en las calles Mayor y Caballeros estarán ubicadas las paradas de artesanía, mientras que en la Plaza de las Aulas estarán las paradas de gastronomía, con puestos de crepes, comida rápida, vegetariana, tetería y restaurante árabe, comida  y demás tipos de comida que se podrá disfrutar en el Mercado Medieval.





 
La calle Domingo Briau estará dedicada a las ONG y en la calle San Luis habrá un campamento medieval en el que se podrán ver exposiciones de utensilios de la época, se celebrarán charlas lúdico-culturales y actividades para niños, como malabares y otras para que los más pequeños se diviertan también.


 
El horario del Mercado Medieval de Castellón será de 11:00 a 23:00 horas y tendrá muchas actividades para todos.

La Resistencia: II Parte

 

2

Había pasado una semana de nuestra huida de la ciudad y posterior refugio en la masía, habíamos acondicionado la vivienda y aún nos quedaban víveres suficientes para varias semanas.

La cercanía del río nos permitía tener agua potable en abundancia para beber y lavarnos.

Para defendernos, aparte de la pistola con sus cargadores, en la masía tenía guardadas dos escopetas de caza: una Beretta y una semiautomática Franchi con sus cartuchos correspondientes y un par de machetes de caza.

Aquella noche tras la cena, les reuní para hablarles:

– Ya llevamos un tiempo sin salir de aquí, les digo, creo que ha llegado el momento de acercarnos hasta Villahermosa, Zucaina y demás pueblos de alrededor y echar un vistazo, puede que encontremos gente en la misma situación que nosotros o que no haya nadie con vida, de todos modos convendría buscar más alimentos.

Hago una pausa mientras el resto ya eleva las voces mostrando su disconformidad.

Luego prosigo rotundamente:

– Mañana cogeré el Tiguan, la pistola y un machete, algo de comida y bebida e iré hasta Villahermosa.

– ¡Estás loco! responde Raúl, no te dejaré ir solo, yo te acompañaré.

Esther, más decidida que Isabel, lanza una mirada a su cuñada, que parece asentir en silencio y dice:

– No hay nada más que hablar, estamos juntos en esto, así que iremos todos.

Al día siguiente apenas salió el sol nos pusimos en marcha hacia Villahermosa del Río, el viaje transcurrió sin incidentes y llegamos hasta la entrada del pueblo.

No encontramos a nadie vivo y tampoco a ninguno de aquellos seres, solo reinaba un desolador silencio.

Tras detener el coche y dejar el volante a Esther, lentamente me bajo y le hago una señal a Raúl para que se baje del suyo y automáticamente Isabel ocupa su lugar al volante, a continuación les digo que paren los motores.

Nos acercamos hasta la primera vivienda, desde el exterior el lugar se ve todo destrozado, con las ventanas rotas y la puerta prácticamente en el suelo.

– ¿Quedará alguien con vida?, me pregunta Raúl.

– No lo sé, vamos a revisar la casa, le contesto.

Empuja la puerta casi caída, abriéndola lentamente y con precaución, al iluminar el pasillo con la linterna Raúl que entra delante lo primero que ve es un zombie moviéndose delante de un armario.

Parecía que buscaba algo, el zombie de repente empieza a golpear a la puerta del armario y se escucha desde el interior la voz de un niño gritando auxilio.

Raúl va hacia el zombie, que no se ha percatado de nuestra presencia, pero le detengo.

– ¿Qué pasa, Marc?, me susurra.

– Mira allá, hay cinco más a varios cientos de metros, le respondo en voz baja, señalándole al exterior.

Es obvio que van en dirección opuesta a los coches y que no se han percatado de la presencia de ellas.

– Si disparas atraeremos su atención.

– ¿Y que hacemos?, me pregunta. Sin mediar una palabra más, me acerco sigilosamente hasta el zombie que más preocupado en golpear la puerta del armario con sus manos putrefactas, no advierte mi presencia hasta que es demasiado tarde.

El machete se hunde hasta la empuñadura en su cráneo atravesándolo como si fuera mantequilla, luego con el cuerpo del ser en el suelo tengo que hacer fuerza con las dos manos para extraerlo de su cabeza.

A continuación golpeo levemente la puerta y le digo al niño:

– Ya puedes salir, hemos acabado con el.

El niño sale de su escondite y Raúl observa que presenta una fea herida en la pierna manchando el pantalón vaquero de sangre.

– ¿Cómo te has hecho eso?, le pregunta, ¿Te han mordido?

El niño contesta, negando con la cabeza:

– Tuve que escapar de mi casa, me perseguían, tropecé y me clavé un hierro.

Raúl ayuda al niño a caminar y lo recuesta en el sofá, mientras yo inspecciono el resto de la vivienda y confirmo que está vacía.

– Espera aquí, vuelvo enseguida, le dice.

Sale fuera de la vivienda y observa que el grupo de zombies ya no está a la vista e indica a Esther y a Isabel que entren en la vivienda.

Ellas pasan evitando pisar el cuerpo caído del muerto viviente y ven al niño.

– ¿Quién es?, pregunta Isabel acercándose lentamente hacia el niño.

– Estaba encerrado en ese armario, señala Raúl, Marc y yo le oímos gemir, vimos al zombie que intentaba atraparle y Marc acabó con él.

– Si no hubiésemos llegado a tiempo, tal vez…., Raúl no termina de hablar sabe que el niño podría haber muerto.

– ¿Y esa herida?, pregunta preocupada Isabel.

– Cayó huyendo de su casa, perseguido por los zombies y se clavó un hierro, le contesta Raúl.

– ¿Cómo te llamas chaval?, le pregunta Esther.

– Tomás, contesta.

– ¿Eres de aquí del pueblo?, pregunta ahora Isabel.

– Si, contesta el niño con un monosílabo.

– ¿Y que pasó?, ¿Estas solo?, ¿Dónde esta tú familia?, pregunta Raúl.

– Mis padres murieron, ahora se han convertido en esas cosas, como toda la gente del pueblo.

– No te preocupes nosotros te mantendremos a salvo, le promete Isabel a Tomás.

Observo a Tomás, pelo negro y alborotado y cara de espabilado, un niño de 12 años de edad que había perdido a sus padres y por el momento parecía ser el único superviviente en todo el pueblo.

Apenas encontramos un par de latas de conserva en la despensa de la casa que dejamos en el Tiguan. Mientras la herida de Tomás sigue sangrando y a pesar de que tras limpiarla, le han puesto una venda, nos preocupa ya que casi no puede caminar.

– La herida debe estar infectada. Tenemos que hacer algo con él, habría que ponerle la vacuna antitetánica, tiene que haber un médico cerca, dice Isabel.

– La casa del médico está en el centro del pueblo pero es mejor no ir allí, dice el niño.

– ¿Por qué lo dices?, le pregunta Isabel.

– Vengo de allí, intenté entrar para curarme, pero es imposible hay demasiados, continúa Tomás, estoy bien ya me he herido otras veces.

– De acuerdo tenemos que seguir, nos queda mucho que hacer, les digo.

A lo largo del día inspeccionamos una parte de las casas de Villahermosa, sin llegar a adentrarnos en el centro de la población que es donde se halla el mayor número de infectados.

En la entrada del pueblo se encontraba un mesón, nos acercamos hasta allí, la cámara frigorífica estaba con la puerta abierta de par en par por lo que toda la carne y el pescado que había se encontraba podrido y en un avanzado estado de descomposición. Encontramos algunas latas, un jamón, dos quesos y dos botes de cristal con frito en conserva, con lo que pudimos llenar los maleteros de los coches.

También nos hicimos con unos cuchillos de cocina de un tamaño respetable y con una escopeta de postas, el cadáver del dueño se encontraba junto a ella con la cabeza reventada tras habérsela volado literalmente.

A su lado una botella a medio vaciar de un carísimo vino de Rioja y una copa de cristal, le habían acompañado en su despedida de este mundo.

El restaurante tenía un botiquín muy bien surtido que sirvió para que Isabel hiciera una cura a la pierna de Tomás.

A la salida vimos dos zombies que fueron liquidados silenciosamente clavándoles los cuchillos de cocina en mitad de su cráneo.

Seguidamente montamos en los vehículos y seguimos buscando algún superviviente, visitamos en nuestro camino algunas masías abandonadas sin encontrar prácticamente nada que nos fuera de utilidad.

Por los caminos hallamos restos humanos a medio devorar por aquellas alimañas que antaño fueron personas como nosotros, también encontramos grupos de zombies más o menos numerosos que preferimos esquivar acelerando los coches al llegar a su altura.

La caída de la tarde nos sorprendió en las cercanías del pueblo de Zucaina, paramos los coches y decidimos buscar un refugio, estábamos cansados sin haber probado alimento en casi todo el día, además y en eso coincidíamos todos, no me hacía gracia la idea de continuar de noche por las carreteras y encontrarnos con un grupo numeroso de muertos vivientes surgiendo de la oscuridad.

Encontramos una casa amplia y bien acondicionada con una robusta puerta de madera y las ventanas protegidas con rejas de hierro, vacía de vivos y muertos.

En la planta superior se hallaban los dormitorios con sus camas, aunque de momento preferimos coger unas mantas y quedarnos juntos en la planta baja en la que había dos grandes sofás.

Llegó la noche y cenamos un poco de embutido con pan de molde algo reseco que llevábamos en el coche, más tarde las mujeres y el chico se acostaron en las camas para descansar, mientras Raúl y yo permanecimos fumando un cigarrillo sin atrevernos a cerrar los ojos.

Miré hacia afuera asomándome a la ventana, el pueblo permanecía en penumbras y la luz de la luna apenas me permitía distinguir los dos coches detenidos junto a la puerta.

Luego miré el reloj, ya era muy tarde, casi las doce de la noche y pensaba que si no hubiera pasado todo esto quizá ahora mismo estaría en casa con Esther.

Como el resto y aunque nadie lo mencionaba me acordaba de mi familia, de mis amigos, de los compañeros de trabajo.

Pensaba en los pequeños alumnos de Esther, a los que veía algunas tardes cuando iba a buscarla al colegio, ¿Qué habrá sido de ellos?

– ¿Qué haremos mañana volveremos a la masía o seguimos por aquí?, pregunta Raúl apartándome de mis sombríos pensamientos.

– Me gustaría por la mañana reconocer el pueblo a ver que encontramos y a la noche estar ya de vuelta en la masía, me encuentro allí más seguro, le contesto.

– Si, eso haremos, afirma Raúl, bueno, será mejor que descansemos mañana nos espera un largo día.

La noche avanza, finalmente el agotamiento nos acaba venciendo y nos quedamos profundamente dormidos.

– ¡Despertad!, ¡despertad!, nos susurra Esther mientras nos toca el hombro para que nos incorporemos, he escuchado ruidos por fuera.

Me levanto y aparto la cortina para asomarme por la ventana, la tenue luz de las primeras horas del día me permite ver los zombies, no se de donde han podido salir pero hay cientos de ellos.

– La calle está llena, hay demasiados, no podemos salir ahora, les explico. Tenemos que asegurar la puerta.

Mientras arrastramos el sofá y lo apoyamos en la puerta de entrada, Tomás, asustado, en un descuido sale al patio que hay en la parte de atrás y abre la puerta, saliendo a la calle. Un zombie aparece de repente, intenta correr pero su herida en la pierna se lo impide, el zombie se abalanza sobre él. Tomás grita pidiendo ayuda.

Todos corremos hacia él, Raúl le dispara con la escopeta al zombie en la cabeza, que explota como si fuera una fruta madura.

Isabel corre hacia el niño que permanece en el suelo.

– ¿Estás bien?, le pregunta

– Me ha mordido, le contesta Tomás llorando mientras se aparta la camisa mostrándole la herida que tiene en el hombro, me duele mucho.

– No puede ser, yo te prometí que te cuidaría, le contesta Isabel, mientras las lágrimas caen por sus mejillas, que observa el chorro de sangre que va manchando el suelo.

– Se convertirá en uno de ellos, me dice Raúl, acercándose a mí y susurrándome al oído.

Nadie se había dado cuenta que el ruido del disparo había alertado a varios zombies que estaban cerca y que ahora se dirigían hacia nosotros, por la puerta del patio que seguía abierta entró otro muerto viviente.

Le disparo con la pistola, al mismo tiempo para evitar que sigan entrando Raúl cierra la puerta después que Isabel y Esther llevan el cuerpo del niño al interior del patio.

Saliendo por la terrible herida un surtidor de sangre va manchando el suelo, y poco después muere.

– ¡No...!, ¡Tomás despierta!, grita Isabel llorando.

– Déjalo Isabel, está muerto, le dice Raúl agarrándola por la mano y llevándosela.

– !Id dentro de la casa!, ¡rápido!, les grito mientras me retraso un poco. Después ya solo, clavo el afilado machete de caza en el cráneo del niño, para que no se convierta en uno de aquellos seres. Luego cojo la manta que hay en el sofá y cubro el cuerpo.

Los disparos han atraído a los zombies a la parte de atrás de la casa por lo que la puerta de entrada está libre.

Es nuestra oportunidad, la calle esta vacía, apartamos el sofá y salimos corriendo hacia los coches volviendo a nuestro refugio.

 

3

Han pasado cuatro meses. En nuestras siguientes salidas hemos encontrado a varios supervivientes que viven con nosotros y a los que hemos enseñado a defenderse y a disparar.

Ahora somos ocho personas en total las que vivimos apiñados, aunque seguros en la masía, alimentándonos de botes y latas de conserva.

Nos aprovisionamos de comida, de armas y munición en las incursiones que hacemos a abandonadas masías, casas rurales y pueblos de la zona: Ludiente, San Vicente de Piedrahita o Cortes de Arenoso.

Llamamos a nuestro grupo "La Resistencia" y tal como sucedía en la II Guerra Mundial, nos dedicamos a recorrer la zona, acabar con los grupos de zombies y no perdemos nunca la esperanza de encontrar más supervivientes como nosotros.

No hay día que dejemos de acordarnos de nuestros familiares y de amigos, sin saber que ha podido ser de ellos, si han logrado sobrevivir o se habrán convertido en alguno de aquellos seres errantes que se mueven por los caminos.

Cada vez la batalla es más dura y la supervivencia más difícil, los días pasan y se va agotando la comida, allí fuera aún quedan cientos de zombies dispuestos a comernos.












 

 


La Resistencia: I Parte



Tras mucho tiempo, en que por diversas circunstancias y más de lo que hubiera querido, he tenido abandonado Infeczión, retomo su escritura para terminarlo antes del verano, espero.

Aquí os dejo otra de sus historias, La Resistencia, la cual se desarrolla en la provincia de Castellón.



 

1

Nadie sabrá decir cuando y como empezó, pero no creo equivocarme en afirmar que todos podríamos contar con todo detalle como fue nuestro primer encuentro con la enfermedad.

Quizá no se prestó la suficiente atención a la aparición de la que parecía ser una gripe más, así esta se extendió con tanta rapidez que cuando las autoridades reaccionaron, fue demasiado tarde.

Aunque llevábamos una semana con los periódicos y programas informativos hablando sobre la epidemia de gripe, y la sucesión de toques de queda, hechos violentos, cierres de aeropuertos y fronteras, de rumores y desmentidos e intervenciones de los ejércitos en varios países, fueron las declaraciones del Ministro de Sanidad en su comparecencia en rueda de prensa de tres noches antes, las que nos hicieron ver que la cosa era más seria de lo que parecía al principio.

El ministro, flanqueado a un lado por el Presidente del Gobierno, se dirigía a la nación explicando que la gripe altamente contagiosa que se extendía con rapidez por todo el mundo, había llegado a España expandiéndose con la misma celeridad que en otras partes, y ya se contabilizaban cientos de casos.

Por lo visto en otras naciones, el virus en un primer momento se comportaba de manera semejante a otras gripes, luego tras una fase en la que parecía que el enfermo tenía una mejoría, se producía una recaída que en un 50% de los casos producía la muerte del afectado.

Dijo el ministro que por el momento no había vacuna y toda la industria médica y farmacéutica trabajaba en fabricarla, esperando que no se tardara mucho en disponer de ella. Pedía a la población que mantuviera la calma y salvo en casos de necesidad, no se dirigiera a las consultas médicas ni a urgencias de los hospitales, para no colapsar los servicios sanitarios.

Recomendaba que si no se podía ingresar a los enfermos en centros sanitarios, aislarlos para evitar contagios, recordando que las farmacias estaban surtidas de medicamentos y antigripales suficientes para todos, que podrían tomarse como prevención al mínimo síntoma. A continuación se mostró esquivo a las preguntas de los periodistas y dio por terminada la comparecencia.

Al día siguiente la prensa escrita, radio y televisión se hacían eco de la comparecencia y de las alarmantes noticias a nivel mundial. Se anunció la intervención del Rey en televisión para esa misma noche, y para evitar la expansión del virus habían sido anuladas las diferentes competiciones deportivas, conciertos musicales y cualquier actividad donde pudiera acumularse una gran cantidad de gente, incluso cines, teatros y discotecas permanecieron cerrados.

Llegué a casa después del trabajo y tras cenar con Esther, mi actual pareja, estuvimos viendo el discurso del Rey de España. Vistiendo el uniforme de Capitán General, se dirigió a la nación anunciando que se declaraba el Estado de Excepción en todo el país. Las tropas del ejército habían sido llamadas a sus acuartelamientos, suspendiéndose todos los permisos y ordenándose la vuelta de las unidades españolas desplazadas a otras naciones en misiones humanitarias. En un plazo máximo de 48 horas se iba a proceder al cierre de puertos, aeropuertos y fronteras.

El día siguiente fue un caos y Castellón no se libró de ello, Esther que era maestra de niños de 3 años en el Colegio Gaetà Huguet no fue a trabajar, se habían suspendido las clases en todo el país, por lo que aprovechó para ir a comprar.

Las estantes en el supermercado cercano a casa estaban prácticamente vacíos y las colas eran impresionantes, no pudiendo comprar todo lo que quería. Lo mismo ocurría en las farmacias donde la gente se apiñaba en busca de antigripales y jarabes, la policía tenía que ir a guardar el orden en las colas, donde se producían constantes altercados.

Además se había ordenado el despliegue de las fuerzas militares en todas las capitales de provincia y se esperaba que llegaran a Castellón al día siguiente.

De vuelta del trabajo estuve muy pendiente de todas las noticias que daban en los espacios informativos de televisión, ya corrían noticias sin confirmar las cuales hablaban de ataques violentos relacionados con la epidemia y que eran repelidos por militares en distintas partes del mundo.

Terminé revisando el botiquín y la despensa de casa, a pesar de que Esther no quería que fuera a trabajar al día siguiente, estaba dispuesto a hacerlo, de vuelta intentaría comprar algunos alimentos.

Asimismo recordaba que semanas atrás habíamos hablado con el hermano de Esther y su mujer que este fin de semana vendrían a vernos y se alojarían unos días en nuestro piso, a pesar de lo dramático del momento me vino a la cabeza llamar a la dueña de un mesón cercano y reservar una mesa para cenar el sábado.

Aún recuerdo a principio de mi relación con Esther que ella reservó una mesa para comer un domingo, yo que no conocía el lugar, me presenté un rato antes y mientras tomaba un vermut rojo con un toque de ginebra, me dediqué a observar las paredes de piedra, los estantes encima de la barra decorados con botellas antiguas, los objetos antiguos que decoraban sus paredes.

Me gustó el local, desprendía un ambiente cálido y familiar que me cautivó al instante.

Diez minutos más tarde llegó Esther, Susana salió de detrás de la barra abrazándola y besándola con alegría, Esther me presentó a ella y nos sentamos a la mesa.

Enseguida Susana nos recitó la carta y nos recomendó los entrantes que acompañamos con unas cervezas antes de pasar al plato principal, un Solomillo a la Pimienta para ella y un Chuletón de Buey para mí, regado con el vino de la casa, un excelente Tinto de la Rioja. Unos postres caseros dieron fin a la excelente comida que había superado con creces todas mis expectativas y desde entonces se convirtió en mi restaurante favorito.

A la mañana siguiente dejé el piso, eran las ocho y media de la mañana cuando con mi coche, un Volkswagen Tiguan blanco, me dirigí al trabajo y puse la radio para escuchar las noticias tal como hacía todos los días.

El panorama era desolador, de algunas zonas de países de África y Asia no llegaban noticias desde hacía horas, se hablaba de revueltas y desórdenes en Europa debido al pánico, cientos y quizá miles de muertos, hospitales de campaña e inmensos campos de refugiados en algunas de las antiguas repúblicas rusas. Pueblos en llamas y largas filas de refugiados cargados de sus enseres en China, acompañados en su éxodo por la mirada de las tropas del Ejercito Rojo, comentaban los locutores de la radio que parecían escenas sacadas de viejos documentales de la II Guerra Mundial.

Según cuenta la radio, en Internet corren rumores sobre muertos por la gripe que vuelven a la vida, atacando a otras personas para devorarlas, tal y como sucede en películas y series de ficción como Guerra Mundial Z o The Walking Dead

Yo que siempre había disfrutado con las películas y libros del género zombie, en ningún momento dude de la veracidad de esos rumores, y se convertía en realidad uno de mis grandes temores, el Fin del Mundo.

Me asusté y decidí llamar a Esther, detuve el coche a un lado de la calle y cogí el móvil. Iba a llamarla cuando dijeron que iban a conectaren directo con el hospital de La Paz, en Madrid.

Por encima de la voz de una reportera muy nerviosa se oían las sirenas de ambulancias y gritos, los casos de gripe habían desbordado allí los servicios médicos.

Según la periodista algunos testigos hablaban de infectados saliendo del hospital, se oían de fondo disparos y ella comentaba que habían dado orden a los soldados de disparar a los enfermos que intentaran escapar.

Se dirige a un señor para preguntarle su opinión de lo que está pasando, cuando estalla una algarabía, donde suenan los pasos de la gente corriendo, acompañado de una sinfonía de gritos de horror y multitud de disparos.

Una serie de crujidos en la emisión y luego el silencio, segundos más tarde la voz del presentador en el estudio anuncia que se ha perdido la conexión y hasta poder recuperarla pasan a comentar otras noticias.

Un escalofrío recorre mi espalda, ahora sí que tengo miedo.

– ¡Que le den al trabajo!, pienso dentro de mí, mientras agarro el móvil y llamo a Esther.

– Hola cariño, responde al ver mi llamada.

– Nena, ¿Te has enterado de lo que sucede en Madrid?

– No, acabo de levantarme y estaba desayunando, ¿que pasa?

– Te lo explico luego, pero hazme un favor no salgas de casa, prepara las mochilas, los sacos de dormir, las linternas y todo el equipo que nos llevábamos de acampada, pon algo de ropa cómoda y de abrigo, toda la comida y bebida que hay en casa, nos vamos a la masía, después enciérrate bien y no abras a nadie, no iré a trabajar, voy a llamar y les diré que me encuentro enfermo, cuando llegue te  lo explicaré. Ah, otra cosa, en la parte de abajo del armario tapada por una manta, está la pistola y las cajas de munición, cógelas también.

– ¿Te has vuelto loco, pero qué pasa? ¿No te acuerdas que hoy venía mi hermano?

– Ahora le llamaré, haz lo que te he dicho.

Sinceramente, en aquel momento, no me acordaba, Raúl e Isabel su mujer, que vivían en Valencia, habían quedado en venir a pasar esos días con nosotros.

Cojo el móvil y le llamo:

– Marc, ¿Estáis bien?, me dice solo ver mi llamada. Estamos llegando a Castellón, tendrías que ver como está Valencia y como va de tráfico la autovía, por todas partes se ven transportes militares.

– Si, por eso te llamaba, ¿estáis bien vosotros?, vete directo a mi casa y recoged a Esther. Esperadme en la gasolinera que hay en la carretera de Alcora. Nos vamos a la masía.

No le dejo opción para que me conteste y prosigo:

– Raúl, desde luego esto no pinta nada bien, no sabemos cuanto tiempo puede durar. Mejor nos encerramos unos días y vemos si se tranquiliza un poco la cosa.

– Vale, pasaremos por un súper a ver si pillamos algo de comida.

– De acuerdo, yo haré lo mismo, intentaré conseguir comida y bebida.

– Vale, estamos llegando a Nules, luego llamaré a Esther e iremos a buscarla, nos encontraremos en la gasolinera.

– Muy bien nos vemos allí, le dije dando por terminada la conversación.

Naturalmente había obviado en la conversación las noticias de Internet sobre muertos que resucitaban, no quisiera que me tomaran por loco, aunque desgraciadamente mis negros presagios tomaban visos de realidad.

Mi siguiente llamada fue al trabajo, era informático en una empresa química en la zona industrial cercana al Grao.

Apenas mostraron interés por mi ficticia enfermedad, comenzando por el jefe de mi departamento, faltaban cuatro empleados en la misma sección y había ido a trabajar algo menos de la mitad de la totalidad de la plantilla.

De camino paso por el Carrefour, el parking está casi al completo, encuentro un hueco y entro con el carro, todas las cajas están abiertas y la gente hace cola impaciente, hay empleados del híper reponiendo los estantes de alimentación, que pese a ello van quedándose vacíos.

No pierdo tiempo mirando la marca ni comparando precios, empiezo a llenar el carro a manos llenas con embutidos, latas de todo tipo y algunas garrafas de agua, en cuanto está el carro lleno me pongo en la cola, desde allí observo como van entrando cada vez más personas, me llega el turno, pago con la tarjeta, salgo, cargo el maletero y los asientos traseros con las bolsas.

El parking cada vez está más lleno y a pesar de las indicaciones de los empleados y del personal de seguridad, hay quien ha dejado el coche en medio del aparcamiento, impidiendo la salida de los que están aparcados, produciéndose golpes en los vehículos y peleas entre los clientes, cuando los que han comprado ya, intentan abandonar el aparcamiento.

Por suerte nadie bloquea la salida del Tiguan y puedo abandonar el híper acompañado de varios vehículos que van a toda velocidad, avanzo rápidamente por la Ronda Este hacia el punto de reunión.

Cuando llego a la gasolinera ya veo en una esquina detenido el KIA Sportage de Raúl, me detengo, abro rápidamente la puerta del coche y nos damos un fuerte abrazo, hacía tiempo que no nos veíamos.

– Apenas he conseguido unas chocolatinas, unas bolsas de patatas fritas y unas latas de refrescos aquí en la gasolinera mientras repostaba, comenta Raúl, en Nules no hemos podido comprar nada, es increíble, todo el mundo estaba en las calles saqueando los supermercados.

Me acerco al coche abrazando a Isabel y a Esther. Mientras, Raúl me cuenta la conversación telefónica que ha tenido con sus padres que viven en Madrid. Estos le han dicho que los accesos a la capital están bloqueados por el ejército con sus tanques, no dejan entrar ni salir a nadie bajo amenaza de disparo, y que estos se pusieron contentos al enterarse que estaban con nosotros.

Esther sube a mi coche y antes de que ponga en marcha el motor me da la pistola, tras cargarla discretamente me la coloco en el cinturón del pantalón, finalmente arranco el coche mientras ellos me siguen con el suyo.

Tras pasar por las empresas azulejeras que jalonaban ambos lados de la carretera, continuamos sin entrar en la población de Alcora, luego cruzamos por medio del pueblo de Figueroles, donde no se veía a nadie por sus calles.

Durante el trayecto tenía la radio encendida, las noticias en España eran horribles, el número de afectados por la gripe era descomunal, se hablaba de disturbios y saqueos en las ciudades pese a la intervención de los militares, incendios, tiroteos, cremación de cadáveres, gente huyendo y buscando la protección de los soldados.

Las noticias en todo el mundo eran similares pero para mí ya habían dejado de tener interés, excepto las que hablaban de la resurrección ya confirmada de los infectados y de sus ataques a los vivos para devorarles.

La sinuosa carretera iba hacia arriba hasta la entrada de Lucena del Cid, una vez allí, había dos formas de cruzar el pueblo, una por el centro de este, por delante del ayuntamiento, los bancos, el supermercado y algunas panaderías y la otra por calles menos céntricas. Me decidí por esta última, me imaginé que el centro podría estar colapsado, ya que la gente estaba muy nerviosa, mejor evitar encontronazos.

La carretera continuaba en una empinada cuesta, cuando llegamos arriba e íbamos a abandonar el pueblo, tuvimos que detenernos.

Fue la primera vez que los vimos, estaban en medio de la calzada eran tres hombres y un niño de unos 10 años, con las ropas manchadas de sangre, arrodillados junto a una mujer a la que estaban devorando.

Al otro lado de la calle un hombre de pie, gritando y llorando desconsoladamente.

– ¡Dios Mío, se la están comiendo!, acerté a decir a Esther que se había quedado completamente pálida.

La escena era tremendamente dura, el ver como devoran a una persona sin poder hacer nada, viendo como aquellos seres que habían sido humanos, arrancaban las vísceras de un cuerpo para llevárselas a la boca, mientras un enorme charco de sangre iba extendiéndose por el asfalto.

Me bajé del coche ordenándole a Esther que se pusiera al volante, unos metros atrás se acercó Raúl que también se había apeado del suyo.

Dos infectados salían de una casa situada enfrente y se dirigían hacia aquel desgraciado que no podía quitar la vista del cadáver de la mujer.

Le gritamos avisándole, pero aquel hombre estaba en shock y no se movía. Se hallaban apenas a un par de metros de distancia de él cuando en ese momento despertó del shock, su cara por un instante reflejó el horror al darse cuenta que los muertos vivientes se le venían encima e intentó comenzar a correr.

Pero era demasiado tarde, uno de los infectados le agarró del brazo y le hizo caer al suelo, sin un segundo de pausa le dio un mordisco.

Sus alaridos de dolor hicieron a Raúl retroceder hasta el coche, le miré, tenía el rostro sin color y estaba a punto de desmayarse.

Llevé mi mano al bolsillo trasero del pantalón y saqué la pistola, cuando volví a mirar de nuevo, vi como tenían a aquel hombre en el suelo boca abajo, comiéndose una de las criaturas uno de los brazos, mientras el otro le mordía el cuello por donde un surtidor de color carmesí manchaba las ropas y el suelo.

Sus gritos habían bajado de intensidad y ya nada se podía hacer por él, mientras los otros dejaban los restos sanguinolentos de la mujer y se dirigían hacía el desdichado para participar del festín.

– ¡Marc, deberíamos irnos de aquí, ya no se puede hacer nada por él!, me dice Raúl, cogiéndome del hombro.

Pusimos los coches en marcha y al pasar a su altura, di un último vistazo al grupo de infectados que devoraba a aquel desafortunado hombre.

Uno de aquellos seres levantó la cabeza mirándome fijamente durante unos segundos, pude ver su rostro gris, su boca llena de sangre mientras continuaba masticando y noté sus ojos mirándome fijamente, llenos de odio e ira.

Y por un instante sentí que se me helaba la sangre en las venas y tuve miedo, mucho miedo.

Esther y yo proseguimos nuestro viaje en silencio, como si los dos sintiéramos vergüenza de no haber podido hacer nada, no queriendo hablar de ello para olvidarlo más rápidamente.

No quise romper su silencio, tampoco yo quería mencionar lo que había visto, era normal que en aquellos momentos ella se acordara de los niños de su clase, de sus compañeros de colegio, de sus amigos y de sus padres.

En unas pocas horas el mundo conocido se derrumbaba bajo nuestros pies y lo único positivo de todo esto era que Isabel y Raúl estaban a nuestro lado.

Nuestra huida de aquel horror continuaba, tenía muchas ganas de llegar a la masía, la carretera estrecha y llena de curvas seguía subiendo, íbamos a toda velocidad y sin cruzarnos con ningún otro vehículo.

Pasamos sin detenernos por el Castillo de Villamalefa, el pueblo parecía estar ya muerto, no se veía ni siquiera un perro caminando por sus calles vacías.

La carretera iniciaba un descenso y luego volvía a subir para llegar hasta Villahermosa del Río, en el límite con la provincia de Teruel, pero no íbamos a llegar hasta allí.

Unos kilómetros más adelante, cambiamos la carretera por un camino no señalizado, una pista forestal de tierra nos llevó dando saltos y levantando el polvo adentrándonos en un profundo bosque.

Al fin llegamos, la masía era una robusta casona edificada en piedra en medio de ninguna parte, por eso la conseguí a tan buen precio, con el tiempo había ido arreglando la destartalada casa y aunque no tenía ni lujos ni comodidades, era bastante confortable.

Me había servido para ir a cazar con los amigos, hacer cenas con ellos asando carne y embutidos en las brasas, también cuando necesitaba estar solo y desconectar leyendo junto a la chimenea.

Desde que comenzó mi relación con Esther, apenas estuve unas pocas veces con ella, nunca le gustó, la televisión e Internet no llegaban hasta la casa, para Esther encontrarse allí era como estar aislada del resto del mundo.

Era una casa de una sola planta, en la que tras cruzar la gruesa puerta de madera encontrabas al lazo izquierdo la cocina con una despensa y una pequeña bodega, y un dormitorio, al lado derecho, dos dormitorios más y el cuarto de baño.

En el centro de la estancia, el comedor, con una mesa grande de madera y seis sillas, en la parte interior dos sofás y una mesa pequeña frente a la chimenea, al lado de esta un mueble con unos viejos libros.

Decorada de manera rústica y sin ningún lujo, la casa era sumamente acogedora y disponía de un generador de gasóleo que suplía la falta de tendido eléctrico.

Me congratulé de que el sábado anterior, al tener Esther que quedarse preparando unos trabajos del colegio, había ido hasta allí quedándome todo el sábado arreglando la casa y había llevado un

bote recién comprado de conserva de frito en aceite para dejarlo allí. También Esther, previsora, había dejado en la despensa, patatas, carne y huevos que serían los primeros alimentos que debíamos consumir.

A nuestra llegada, las primeras horas las dedicamos a guardar la comida, preparar las mantas, arreglar las camas y proporcionar algo de ropa de abrigo al hermano de Esther y su mujer, que habían llegado poco más que con lo puesto y una muda de ropa para cada uno en una bolsa de deporte.

Entré en la casa unos troncos de leña que apilaba en el exterior y encendí la chimenea, el calor poco a poco fue apoderándose del hogar.

Todas estas actividades nos evadieron del shock por lo que habíamos visto y aproveché el fuego para asar a la brasa la carne que habíamos traído para evitar que se estropease.

Aunque ellas en principio se negaban a comer nada, terminaron cediendo y pasamos parte de la noche hablando de lo sucedido y preocupados por amigos y familiares. Finalmente agotados, les dije que se acostasen.

Yo por mi parte dí una última vuelta alrededor de la masía, la noche era tranquila pero muy fría.

El lugar en medio de un frondoso bosque donde apenas entraba la luz del sol la mayor parte del día, gozaba de un microclima especial por lo que la temperatura era varios grados inferior a los pueblos de alrededor.

Tras cerrar la gruesa puerta de madera y comprobar que todas las ventanas, protegidas con barrotes de hierro forjado, estaban bien cerradas, me dispuse a pasar aquella primera noche acostado en el sofá junto al fuego y con la pistola cargada al lado.